… y de pronto me doy cuenta
de que el escenario donde transcurría mi vida ya no existe.
Ha sido en un simple abrir y cerrar de ojos
que se ha esfumado sin dejar rastro.
En un instante,
todo ha cambiado.
… y de pronto me doy cuenta
de que floto en medio de la nada,
no hay caminos, ni señales, ni puntos de referencia,
no hay nada a mi alrededor
que me sitúe más cerca o más lejos de ninguna otra nada,
no sé donde estoy,
no sé donde voy.
… y, sin embargo, no me importa lo más mínimo,
no me siento perdida
ni padezco ningún tipo de angustia o de impaciencia,
por el contrario, descanso,
me encuentro a gusto en este estado en el que no espero nada,
tan solo contemplo,
observo y siento,
y lo hago en paz y desde la paz.
… y de pronto me doy cuenta
de que ya no estoy,
de que este nivel de conciencia
que me habitaba un instante antes,
se ha desplazado,
y que mi corazón encarna ahora una serena alegría
que culmina en un profundo sentimiento de gratitud
hacia todo y nada a la vez.
No hay miedo del que huir,
ni tensiones que soportar,
todo está bien como está.
No hay ambición,
ni deseo alguno en este desierto luminoso.
No hay hambre ni sed,
ni frío ni calor.
No hay nada a nacer ni nada a morir.
No hay direcciones ni objetivos
en este nuevo paisaje al que acabo de despertar.
Todos los caminos imaginables han sido ya caminados.
Sólo permanece el Ser,
indivisible, omnipresente,
inmutable y eterno.
… y de pronto me doy cuenta
de que soy una espectadora privilegiada
del continuo fluir de la Luz desde mi propia conciencia.
La Luz, siempre imperturbable y,
a la vez, siempre cambiante,
imposible de ser fijada o poseída,
intangible en su eterno movimiento caleidoscópico
que gira y gira sin principio ni fin,
iluminando y dando identidad a los distintos estados del alma
que conforman y adornan el cielo interior.
La Luz, una y única,
principio creador del que todo parte y a donde todo retorna,
y que al atravesar ciertos niveles de conciencia
se difracta en una multiplicidad de colores
que dan forma al arco iris.
… y cada color representa y encarna un determinado estado del alma
que a la vez despierta y revela al Ser único,
indivisible,
como un espejo hecho pedazos,
en el que cada uno de sus múltiples fragmentos
refleja y contiene a la vez
la imagen completa de un único observador.
… y de pronto me doy cuenta
de que el principio de un color,
enlaza con el final de otro,
simultánea y alternativamente,
generando un movimiento continuo,
coherente y armónico
que determina ritmos y ciclos dirigidos por la inefable Sabiduría
y cohesionados por la energía del amor.
… y así es como el paisaje interior se va transformando,
de la misma manera que la naturaleza exterior
va cambiando de aspecto y función
gracias a la renovada energía
que trae consigo cada nueva estación,
mostrando así las múltiples manifestaciones
de una única identidad,
la Vida que encarna y revela a la vez la memoria del Ser.
… y de pronto me doy cuenta
de que la serena alegría que habita mi corazón
es la que siente el hijo pródigo cuando vuelve a la casa del padre.