Verum est id quod est, dice San Agustín. Puede distinguirse entre la verdad de la cosa y la verdad del entendimiento: la primera, que es la cosa misma, se podrá llamar objetiva; la segunda, que es la conformidad del entendimiento con la cosa, se apellidará formal o subjetiva.
El oro es metal, independientemente de nuestro conocimiento; he aquí una verdad objetiva. El entendimiento conoce que el oro es metal, he aquí una verdad formal o subjetiva.
Mucha presunción sería el despreciar las reglas para pensar bien. Nullam dicere maximarum rerum esse artem, cum minimarum sine arte nulla sit, hominum est parum considerate loquentium. “Es de hombre ligeros, decía Cicerón, el afirmar que para las grandes cosas no hay arte, cuando de él no carecen ni las más pequeñas.”
En la utilidad de las reglas han estado acordes los sabios antiguos y modernos; la dificultad, pues está en saber cuáles son éstas, cuál es el mejor modo de enseñar a practicarlas.
Don de los dioses llamó Sócrates a la lógica; mas, por desgracia, no nos aprovechamos lo bastante de este don precioso, y las cavilaciones de los hombres le hacen inútil para muchos.
Los aristotélicos han sido acusados de embrollar el entendimiento de los principiantes con la abundancia de las reglas y el fárrago de discusiones abstractas; en cambio, las escuelas que les han sucedido, y particularmente los ideólogos más modernos, no están libres del todo de un cargo semejante.
Algunos reducen la lógica a un análisis de las operaciones del entendimiento, y de los medios con que se adquieren las ideas; lo que encierra las más altas y difíciles cuestiones que ofrecerse puedan a la humana filosofía.