El espíritu de apertura
La certidumbre es el mayor obstáculo para la apertura. Una vez que creemos tener “la respuesta”, perdemos toda motivación para cuestionar nuestro pensamiento.
Debido a la complejidad, nadie conoce o tiene la respuesta a los problemas de la humanidad, ni nosotros, ni los políticos, ni los expertos, ni los filósofos, ni los artistas, ni las organizaciones (gubernamentales o no)… nadie.
El análisis de la complejidad de los problemas revela fascinantes aspectos acerca del autoritarismo de nuestro propio pensamiento. La mayoría de las personas crecemos en un ámbito autoritario. En la infancia los padres tienen las respuestas, en la escuela los maestros tienen las respuestas, en la organización el jefe tiene las respuestas. En el fondo estamos convencidos que los de arriba saben lo que está pasando, o que debiera saberlo si es competente. Esta mentalidad nos debilita como individuos y debilita a la organización en su conjunto.
Cuando la gente de una organización comprende colectivamente que nadie tiene las respuestas, se produce un efecto liberador. La búsqueda del entendimiento, sabiendo que no hay respuesta última, se transforma en un proceso creativo… un proceso que implica racionalidad, pero también algo más. Cuando asumimos que toda respuesta es una aproximación, siempre sometida al perfeccionamiento, nunca definitiva. Podemos afinar nuestra capacidad racional para resolver problemas, y usar esa capacidad del mejor modo posible, aun reconociendo que nunca será suficiente. Luego la curiosidad antes sepultada bajo la creencia de “conocemos la respuesta”, es libre de aflorar. No nos molesta saber que no sabemos. Como dijo Einstein: “Lo más bello que podemos experimentar es lo misterioso. Es la fuente de toda ciencia y arte verdaderos”
La apertura es algo más que un conjunto de aptitudes. Debemos cuidarnos de no recetar un tratamiento clínico para un asunto espiritual.
La apertura trasciende la calidad personal. Es una relación que se tiene con los demás. Es un cambio de espíritu, así como un conjunto de prácticas y aptitudes.
La apertura es una característica de las relaciones, no de los individuos. No tiene sentido decir “soy una persona abierta”. La misma persona experimenta genuina apertura con algunas personas y no con otras. La apertura emerge cuando dos o más individuos están dispuestos a suspender la certidumbre en presencia del otro. Están dispuestos a compartir los pensamientos y a dejarse influir por el otro. Un estado de apertura cobra acceso a niveles de entendimiento a las que no se llega de otra manera. Cuando grupos pequeños de personas llegan a compromiso y apertura, crean un microcosmos de una organización inteligente.
El impulso hacia la persona es, “el espíritu del amor”, no nos referimos al amor romántico, sino al tipo de amor que subyace a la apertura – lo que los griegos llamaban ágape – Este tiene poco que ver con las emociones y mucho que ver con las intenciones: el compromiso pleno e incondicional con la “realización” de otro, para que ese otro pueda ser todo lo que puede y desea ser.
Aunque tengamos la disposición espiritual fundamental, no logramos nada sin la aptitud. Pero si desarrollamos la aptitud sin la disposición espiritual, eso tampoco funciona.
Es una idea vigorosa y desafiante del amor, y no admite componendas. Es preciso compartir nuestros sentimientos y opiniones y estar abiertos a permitir que ellos cambien.
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