FREDERICK DOUGLASS

douglasLa frecuente escucha de mi ama leyendo la Biblia – porque solía leer en voz alta cuando su esposo estaba ausente – despertó pronto mi curiosidad respecto al misterio de la lectura, y animó en mí, el deseo de aprender. No teniendo ningún temor a mi querida ama ante mis ojos (ella no me había dado ninguna razón para temerle), le pedí francamente que me enseñase a leer; y sin vacilar, la buena mujer inicio la tarea, y muy pronto, gracias a su ayuda, dominé el alfabeto, y podía deletrear palabras de tres o cuatro letras.

Pronto, pude entresacar esas palabras de la Biblia. ¡Maravilloso!, dijo mi ama. Entonces ella cometió un gran error. Alardeó ante su marido que el joven Freddy casi podía leer.

El amo Hugh se sorprendió de la simplicidad de su esposa y, probablemente por primera vez, le expuso la filosofía real de la esclavitud, y las peculiares reglas que amos y amas debían observar en la administración de sus bienes humanos. El señor Auld le prohibió al instante continuar con su instrucción; diciéndole en primer lugar, que el acto mismo era ilegal; que también era inseguro, y solo podía conducir a desgracias.

La señora Auld sintió evidentemente la fuerza de las observaciones y, como esposa obediente, siguió la dirección indicada por él. El efecto de sus palabras en mí, no fue leve ni transitorio. Sus sentencias de hierro – ásperas y frías – calaron hondo en mi corazón, y no solo inflamaron mis sentimientos en una suerte de rebelión, sino que también despertaron en mi una adormecida avalancha de ideas vitales. Fue una nueva y especial revelación descubrir un doloroso misterio que mi joven entendimiento había pugnado en vano por saber: el poder del hombre blanco para perpetuar la esclavitud del hombre negro. “Muy bien”, pensé; “el conocimiento inhabilita a un niño para ser esclavo”. Consentí instintivamente esa proposición; y a partir de ese momento entendí la vía directa de la esclavitud a la libertad. Eso era justo lo que yo necesitaba; y lo recibí en el momento, y de la fuente que menos esperaba.

Cuerdo como era el Señor Auld, evidentemente subestimó mi comprensión, y tenía escasa idea del uso que yo era capaz de hacer de la grandiosa lección que dio a su esposa.

Que lo que él amaba era lo que yo más odiaba; y la propia determinación que expresó de mantenerme en la ignorancia sólo rindió en mi mayor resolución de buscar la inteligencia.

Frederick Douglass – My bondage and my freedom

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