La Fe en la Libertad
Hace algunos días discutíamos acerca de las percepciones de nuestros sentidos y alguien puso sobre la mesa El caso de un Hermano que se retiro de la orden argumentando que no se sentía libre.
Si queremos tomar en cuenta como es que realmente se dan las cosas, no debemos ignorar que las cosas forma parte nuestro hablar de ellas y considerarlas. Es necesario que estas valoraciones las hagamos reconociendo que la finitud de la razón humana no consiste sólo en que las categorías siempre deben aplicarse a un material que nos viene de la sensación o percepción. Finitud quiere decir que también nuestro mirar el mundo forma parte de los hechos del mundo, y no podemos nunca entenderlo como un mirar “puro” que nos diría como son en realidad y siempre las cosas.
Me parece muy importante conocer el proceso por el que se dan los ideales y como evitar caer en confusiones innecesarias, por ejemplo, en la ética, mezclando la fe en nuestros valores con el sentido de responsabilidad, que considere las consecuencias y entre éstas, también la histórica “posibilidad de ser perceptible” en un mundo que se inspire en esos valores. O sea, teniendo en cuenta las ideas, los valores, las expectativas de los demás, y no sólo los propios ideales.
Pero, ¿y si nos pusiésemos de acuerdo en que el derecho humano fundamental es el de ser consultados respecto de nuestro destino, o el de “ponernos de acuerdo”? Así no nos encontraríamos frente a autoridades absolutas que en nombre de la ley “natural” nos prohíben la fecundación heteróloga o las uniones homosexuales; ni tampoco frente a iluministas “razonables” que con argumentos menos dogmáticos terminan a menudo llegando a las mismas conclusiones (ejemplo: la adopción por parte de parejas homosexuales están prohibidas porque el niño puede estar incómodo frente a los compañeros que tienen padres “normales”. Como decir que es mejor no ser judío en una sociedad donde todos celebran Navidad).
También nuestra mirada sobre el mundo forma parte del curso de las cosas, sobre todo, que es un producto histórico que tiene un motivo. Ningún hombre de ciencia mira el mundo en forma objetiva por amor a la verdad o por un deber externo. Lo hace para lograr notoriedad y reconocimiento, o para producir una medicina útil o para lograr un mundo más justo. Los “valores” que lo mueven no están escritos en un orden natural, son elegidos. No a la ligera y arbitrariamente sino en relación con su “validez” ante los demás.
No puedo decir que se niegue el ingreso a la orden de hombres libres y de buenas costumbres pensando que todos estarán de acuerdo. ¿Debo pensar que el derecho de ingresar a la orden está ligado a los principios inmutables de la orden? Alguien dirá que, de ese modo, el imperativo será más fuerte y estará más garantizado su respeto.
Si quiero vivir en un mundo que garantice mi libertad debo exponerme al riesgo de vivir en una sociedad democrática, donde las leyes son hechas con el consenso argumentado de todos. Puedo reducir el riesgo de dejar que ganen los locos ayudando al desarrollo de la cultura colectiva, con inversiones en la escuela, participando en la discusión pública y evitando que alguien pueda imponer a todos sus ideas. Y también esforzándome por garantizar, en especial cuando soy mayoría y puedo hacerlo, el derecho de las minorías hasta la objeción de conciencia, en tanto no viole derechos reconocidos a todos.
Este modo de ver la relación entre filosofía moral -valores individuales que no vayan en detrimento de la igual libertad ajena; valores compartidos en base a argumentaciones histórico-culturales, ética de la responsabilidad- y política no necesita fundamentos absolutos. Se objetará: pero también el respeto por la libertad ajena debe basarse en una elección de valor. Se trata, empero, de una elección que hago en nombre de una preferencia vital: prefiero un mundo donde nos enfrentemos discutiendo a uno donde nos matemos; y lo prefiero incluso si estoy del lado de los fuertes, porque no quiero vivir en un mundo blindado.
La fe en la libertad es una creencia vital también en otro sentido más radical: no puedo predicarla a los demás y menos imponerla con la fuerza (“si no hacen elecciones libres, suspendemos las ayudas”). Puedo reivindicarla para mí y ayudar a quienes la reivindican, pero no puedo ni quiero garantizarla a quienes no sienten necesidad de tenerla.
Sólo si creemos que la realidad es siempre buena en sí, por haber sido creada por un Dios bueno, podríamos extraer de ella normas para juzgar el bien y el mal. En cambio intentamos entender cómo son las cosas porque queremos intervenir sobre ellas con nuestras artes y técnicas. Miramos las cosas sólo desde el punto de vista de ese interés, que es histórico, cultural, elegido en diálogo con los otros.
Así se trate de defender nuestra percepción de la libertad, el pensamiento liberal se mantiene como tal hasta que es considerado una certeza inmutable, en ese momento nace el dogma de la libertad y al mismo tiempo que la predicamos nos hacemos esclavos del sofisma.


“Si quiero vivir en un mundo que garantice mi libertad debo exponerme al riesgo de vivir en una sociedad democrática, donde las leyes son hechas con el consenso argumentado de todos”
Estoy enterado que algunos de los miembros de la cámara de diputados pertenecen a la orden, quisiera saber porque no practican esas palabras…
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