Desde que el famoso Alcalde de Nueva York “Guliani” lanzò su famoso programa “cero tolerancia” (tolerance zero) para controlar los índices de delincuencia, se ha desatado una moda en diferentes ciudades y gobiernos a implementar programas de este tipo.

Desafortunadamente se está haciendo un uso indebido del término tolerancia, cuando el término correcto es complacencia.

Podríamos ensayar una definición de tolerancia como una actitud moral proclive al consenso y al diálogo entre valores más que como un valor en sí misma.

Esto nada tiene que ver con la cómoda costumbre de las autoridades ha permitir conductas y hechos que contavienen las leyes y reglamentos.

A la confusión han contribuido otras definiciones que consideran la tolerancia como una “disposición de ánimo” que admite, “sin mostrarse contrariado”, ideas e incluso comportamientos diversos u opuestos a los nuestros.

Esto ocurre debido a que desde sus orígenes en el campo relacionado con la religión, la tolerancia se entendió como un reconocimiento del derecho intelectual y práctico de los otros a convivir de acuerdo con un conjunto de creencias religiosas que no eran aceptadas, de ninguna manera, como propias. En su acepción contemporánea, la tolerancia ha extendido su campo de acción al respeto y la consideración de opiniones o prácticas ya no sólo de carácter religioso, sino también político e ideológico.

Cuando el pensamiento liberal defiende la tolerancia, lo hace desde la perspectiva de las garantías de libertad y del derecho a expresar sin impedimentos la propia opinión, rechazando la primacía de cualquier tipo de poder por encima de las instituciones civiles que basan su existencia en la voluntad de los ciudadanos. De este modo, se separan las instancias religiosas y políticas y adquiere cada una su propia autonomía.
Respecto a lo anterior es necesario distinguir dos falsos problemas referidos al ejercicio de la tolerancia en el Estado liberal-democrático: uno es el de la tolerancia entendida como “indiferencia” en el sentido de desinterés o apatía para entablar comunicación con quien sostiene posiciones diversas, y el otro el de la intolerancia considerada sinónimo de rigor y firmeza.

Lo primero sucede cuando la tolerancia es interpretada como licencia para hacer cualquier cosa y como indulgencia absoluta hacia el culpable, es decir, como condescendencia hacia “el mal” y hacia “el error”, ya sea por falta de principios, por la decisión de “vivir sin problemas” o por simple ceguera frente a los valores de la convivencia; esta posición podría estar representada por la siguiente frase: “todo da igual si no es lo que yo quiero”. Lo segundo ocurre, al contrario, cuando se concibe la intolerancia como una actitud de rechazo sin más de la severidad, del rigor y de la firmeza. La tolerancia tiene sus límites, ya que tolerar todo sin ningún tipo de limitaciones conduciría a la descomposición social y a la anarquía. Sin embargo, la tolerancia no debe ser confundida con la debilidad; al contrario, significa confianza en las propias fuerzas y certidumbre en la racionalidad de los propios postulados.