Por la felicidad de la patria
Alfonso Sierra Partida
Allá en los años niños, cabe la emoción sorpresiva de la primera enseñanza, se nos imbuyó que los símbolos de la Patria son el Escudo, la Bandera y el Himno Nacional. Alrededor de ellos, crecieron amores e inquietudes hacia el solar nativo.
Nos enamoramos, fervientemente de la alegoría poética del águila asentada entre rocas y nopales, coronada con hojas de laurel y de olivo, devorando perverso emblema: la serpiente. Más ¡ay! Un día, el conocimiento destruyó el sueño –maldición de intelectuales madureces—al saber que el encanto y gracia de la leyenda se derrumban en el filológico encuentro de los nombres de los conductores. Tenoch, quiere decir “nopal sobre piedra” y Cuauhcóatl, “serpiente en águila”. Y olmecas y nahoas se detuvieron en el sitio escogido por “nopal sobre piedra y serpiente en águila”. Entonces nos arrebujamos entre los límpidos colores de la Bandera, enmarcando quereres quintaesenciados y éticos caminos. Nos entrega el verde de la silente sinfonía de nuestros trigales esmeralda; el blanco, alba esperanzada de nuestros ensueños y el rojo crepitante de toda tormenta reivindicatoria. Mas ¡ay! Los hombres, con el siniestro rugido de las fieras, alzando coloridos y variados pendones en todos los pueblos, en todos los tiempos y en toda hora, se destruyeron los unos a los otros. El lábaro que representaba es sus alegóricos tintes claras esperanzas y purísimos anhelos, fue manchado por la Ignorancia, la Hipocresía y la Ambición.
Y elevamos, desesperados, las notas viriles y los altos clarines del Himno Patrio. Notas marciales que entonaban en música y versos, promesas libertarias y democráticos afanes. Pero también los hombres pervirtieron la belleza de sus cantos. Los himnos fueron sangre y guerra, muerte y lágrimas. Las voces confundían en el fragor de la batalla la épica llamada “allon efants de la Patrie”, para oponerla al bélico llamado del “Mexicanos al grito de guerra…”
Y hasta las ridículas batallas de un cuadrilátero, en que se enfrentan gorilas con los puños enguantados, absurda y ridículamente se escuchan los himnos nacionales, como si el triunfo de un boxeador, decidiera definitivamente, los destinos humanos.
Viejos y desconsolados, conocedores de todas las mentiras y todos los tormentos horribles de vivir, nacimos otra vez, cabe las Columnas del Templo de Salomón. Y con nuestros tres años iniciáticos, volvimos a tener fe en nuestros ideales, esperanza en realizarlos y sobre todo amor a la humanidad. Por ciega, perdida, equivocada y desesperanzada que fuera, en sus ideales.
“¡Mirad, cuan bueno y cuan delicioso es habitad los hermanos en armonía…” dice el bíblico versículo. Y en verdad, nada más alto, ni más ejemplar, que la reunión en Logia –Y ésta es Universal—de los hombres que tras la Igualdad, Fraternidad y Libertad y la Libertad humanas, reúnen voluntades, identifican ideales y consolidan afanes. Entonces se tiene otro concepto de Patria.
Porque la Patria, las patrias de todo el mundo, no son solamente el pedazo de tierra estremecida y doliente que nos ve nacer. Ni cielos azules, ni bellezas urbanas, ni estatuas múltiples de mármoles y bronces.
La patria es un claro, incontrovertible y eterno símbolo: ¡Es fuego, fuerza, pasión, sacrificio, entrega, emoción y equilibrio! Camino ancestral y estrella inalcanzada en sus ámbitos sin fronteras. ¡Costa y montaña, selva y planicie, árbol y pájaro, flor y nube, canto y silencio! ¡Sacrificio y triunfo!
¡Es soberanía, libre autodeterminación, justicia social, orden y paz!
¡Es Fuerza, es Belleza, es Candor! ¡Es bondad y es amor!
Yo brindo emocionado por mi Patria, ciertamente. Ajeno a xenofobias y deleznables patrioterías. Brindo por su camino y trayectoria de superación, hasta consolidarse fuerte, digna y ejemplar. Por sus hombres dilectos que se hermanan con los hombres del orbe, como apóstoles, como caudillos, como arquetipos. Por Hidalgo y por Bolívar, Por Juárez y por Lincoln, Por Madero y por Gandhi.
Por quienes han sabido que la patria nace con el padre que nos engendra y con la madre que nos acuna, amorosa, entre sus brazos. Crece con la novia que nos entrega el primer beso y con la esposa que nos impulsa hacia las estrellas. Y se prolonga en los hijos, en quienes volvemos a reír, a llorar, a amar, a sufrir, a triunfar y a morir.
Brindo, en fin, por la felicidad de mi Patria y de todas aquellas que un día, amalgamen al fin, sus Escudos Nacionales para que convivan sin odios el águila, el león y el oso. Unan sus cantos hímnicos y eleven a los cielos sólo las voces de la comprensión y la identificación humanas. Y fundan en uno solo, los colores de sus banderas. Para que el blanco de sus actos y de sus sueños liquiden odios, injurias, angustias y ambiciones.
Repitamos las palabras del poeta:
“Por nuestro bello país, por todos los mexicanos
Levantad la copa hermanos,
Y, sin distinguir matiz,
Brindemos, altas las manos,
Por una patria feliz”